Las Kellys. Autonomía y empoderamiento

Esther Moreno

La lógica de supeditación de la vida a los procesos de acumulación de los mercados, combinada con la división sexual del trabajo, da como resultado una realidad en la que, no es que las mujeres accedan a los empleos peor pagados, sino que son los empleos ocupados mayoritariamente por mujeres los que son automáticamente infravalorados y despreciados económica y culturalmente, a la vez que son imprescindibles para que la sociedad continúe funcionando tal y como viene haciéndolo.

Málaga, Picasso, Banderas, Verano Azul, Costa del Sol, hoteles… En un contexto social de boom del turismo – boom del negocio hotelero – boom de la inversión en hoteles, que ha movido entre 2015 y 2017 5.000 millones de euros en inversión en el negocio hotelero español; en un contexto de macromontaje turístico, de “nueva Barcelona” con exposiciones en el museo Picasso de Málaga como la denominada ‘Juego de Ojos’, que, paradójicamente, invisibilizan unas condiciones de explotación laboral y semiesclavitud, sostenedoras de un tipo de cultura oficial basada en el negocio y en el consumo, una cultura alejada de potenciar ciudadanía activa y crítica; en todo ese contexto, nacen, no sólo en Málaga sino en todo el estado, la Kellys, —las que limpian—, en un maravilloso ejercicio de visibilidad desde la autonomía y el empoderamiento colectivo, que además de manifestarse públicamente ha inundado de denuncias las Inspecciones de Trabajo y los juzgados, porque con la dignidad y la salud no se negocia.

Empleos a tiempo parcial y abandono de los convenios colectivos hosteleros, que han supuesto mermas de hasta un 40% en los sueldos de un día para otro, además del empeoramiento de las condiciones de trabajo. En Málaga, el 50% de los establecimientos se vale de la subcontratación para abaratar las condiciones laborales de las camareras de piso, ya que las empresas multiservicios intermediarias se rigen por convenios mucho más baratos que los de hostelería. Además del abismo salarial, que ha hecho descender los salarios hasta 700 euros mensuales, las camareras de piso pueden llegar a hacer hasta 90 camas por día en temporada alta, con una factura insoportable para su salud y un 90% de trabajadoras que se jubilan antes de tiempo, sin garantías, por dolencias derivadas de las cargas laborales: ansiedad, estrés, fibromialgia, fuertes dolores musculares, artrosis degenerativa. Es alucinante que en una ciudad en la que el turismo ha subido como la espuma, con una veintena de hoteles nuevos en los últimos ocho años y un incremento turístico del 50%, se haya generado un empleo hotelero de un escaso 5.8%, es decir 72 empleos más que en 2008, y se menudee, además, con las condiciones laborales y vitales de las trabajadoras del último escalafón.

Sin embargo, la patronal hotelera de la Costa del Sol, tras el estancamiento en la negociación del nuevo convenio y las críticas de los sindicatos, ha emitido un conmovedor comunicado en el que asegura que “ha aguantado la crisis de forma estoica” “no es ni quiere ser explotadora”, que no pretende “quitar derechos a sus empleados” pero necesita “flexibilidad” para poder atender a los clientes.

El pasado mes de abril Rajoy ha tenido que recibir a las Kellys y se ha visto obligado a apuntar en su libretita las demandas de esta mujeres (después de que el PP haya rechazado varias iniciativas para mejorar sus condiciones, y, sobre todo, siendo uno de los partidos responsables, junto con el PSOE, de las reformas laborales). Las Kellys reclaman la prohibición de la externalización del servicio por parte de los hoteles (modificando el artículo 41.2 del Estatuto de los Trabajadores), el blindaje de los convenios de hostelería y el incremento de inspectores/as de trabajo, la prevención de los riesgos laborales, el reconocimiento de las enfermedades profesionales y de la jubilación anticipada, y la legitimidad de negociación laboral con el sector hotelero al margen de centrales sindicales, a lo que CCOO y UGT se oponen. Rajoy les ha advertido de que antes de hacer nada, ha de escuchar a la patronal y a los sindicatos, claro!. Me parece muy relevante destacar cómo las Kellys están apuntando a la ruptura y superación del marco de diálogo social patronal-gobierno-sindicatos en el que ellas no son un sujeto político sino mano de obra. Están apuntando también a la urgencia de poner en práctica formas de organización sindical autónoma, de autoorganización, por parte de los sectores sociales más dañados por esta crisis sin fin. Y han desarrollado la conciencia de la necesidad de representarse a sí mismas, porque si no lo hacen corren el riesgo de ser suplantadas y neutralizadas.

La lucha de la Kellys por su dignidad y su salud pone la vida en el centro y conecta las macroestructuras económicas —consumo, turismo— con las condiciones materiales de existencia. Desde la economía feminista, autoras como Amaia Pérez Orozco insisten en poner la sostenibilidad de la vida como eje sobre el que desarrollar las políticas —laborales en este caso— frente a una economía basada en el apoyo a los mercado financieros. Esto implica desvelar los trabajos invisibilizados que están sosteniendo la economía, que el capitalismo y el patriarcado ocultan, y que están históricamente asociados a las mujeres. No es casual que las Kellys sean trabajadoras: el género es una variable clave que atraviesa el sistema socioeconómico. Este sistema capitalista y patriarcal que nos ahoga se asienta en una estructura profunda de desigualdad entre hombres y mujeres. Se da entonces una contradicción fundacional entre la incorporación de las mujeres al trabajo en situación de igualdad en un sistema, el capitalista, que sólo funciona en base a la desigualdad. Hemos vivido un acceso masivo de mujeres al empleo en unos momentos en los que el propio empleo ha dejado de ser una fuente segura de ingresos y de derechos sociales.

Toda esta lógica de supeditación de la vida a los procesos de acumulación de los mercados, combinada con la división sexual del trabajo, dan como resultado esta realidad en la que, no es que las mujeres accedan a los empleos peor pagados, sino que son los empleos ocupados mayoritariamente por mujeres los que son automáticamente infravalorados y despreciados económica y culturalmente, a la vez que son imprescindibles para que la sociedad continúe funcionando tal y como viene haciéndolo.

Hoy en día el trabajo asalariado es necesario para subsistir, y es fundamental pelear mejoras laborales, desprecarizar la vida, visibilizar la explotación y frenar la exclusión; la crisis ha traído un retroceso en términos de niveles de vida para una gran parte de la población, que se agrava en el caso de las mujeres. Pero a la vez, hemos de preguntarnos, como sociedad, cómo queremos vivir, cómo se reparten los trabajos, qué trabajos se valoran y cuáles no, cuáles están sistemáticamente asociados a los hombres y cuáles a las mujeres. Cuál ha de ser el papel del dinero, si queremos que siga siendo un medio de acumulación o un medio de intercambio. En qué mercados vamos a consumir, dónde vamos a adquirir los bienes y servicios que necesitamos para vivir. Cómo trabajar para vivir, y no vivir para trabajar. Qué significa llevar una buena vida.

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