Saber salirse de sí

Chantal Maillard

Publicado en: La razón estética. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017
Desde la conciencia doliente de la lamentable y grotesca degradación de lo público, nos corresponde evitar que pronto tengamos que recurrir a recuerdos color sepia y deprimentes muestras de ecología kitsch (naturaleza domesticada para visitas organizadas) para contarnos, en voz baja y con vergüenza, lo que fuimos.
Imagen Daniel García Andújar

Recibir el mundo estéticamente, o poéticamente, es ser artista. Artista es aquel que sabe ensanchar la mirada y sabe escuchar, es aquel que sabe crear ese espacio interior en el que la realidad —la propia y la del mundo— acude en estado naciente, pues la realidad siempre está aconteciendo. Artista es aquel que asiste al surgimiento perpetuo de las cosas y, a veces, logra mostrarlo. Artista es aquel que, en breves momentos, se desposee y, perdiéndose en la danza de lo viviente, intuye la inmortalidad del universo. Los hombres mueren porque no son capaces de juntar el principio con el fin, afirmó el pitagórico Alcmeón de Crotona1. Las potencias celestiales, dotadas de movimiento circular, son inmortales porque en el círculo el comienzo y el fin son lo mismo, constataba Heráclito. En el círculo, en efecto, cualquier punto es, a un tiempo, comienzo y fin. Pero sólo desde fuera de sí puede un ser humano intuir la vida como circularidad. Los hombres mueren porque no alcanzan a ver más allá de sí mismos; fuera del “sí”, el universo sigue enhebrando las cuentas del collar, trazando círculo. El artista es aquel que sabe salirse de sí. Salirse de sí: olvidarse a sí mismo, olvidarme del , olvidarme de que “yo” soy frente a lo otro. Y, curiosamente, en ese olvido de sí, en esa pérdida, trascendidas todas las diferencias, lo que se recupera es una ya extraña sensación de unidad.

El Piel Roja, indudablemente, era un poeta. “No hay silencio alguno en las ciudades de los blancos”, decía, “no hay ningún lugar donde pueda oír crecer las hojas en primavera y el zumbido de los insectos”. El Piel Roja había adquirido su conocimiento por participación, unidos el sentir y la razón. Todos hemos sido poeta alguna vez, cuando el tiempo no era algo que hubiera que llenar sino el arco que describe el sol, el astro-luz que sigue cumpliendo su círculo bajo el sueño. Todo niño ha conocido esa sensación de pertenencia al acontecer, cuando la responsabilidad del tiempo concreto era de los adultos, ellos, los que sabían cómo enseñarte a morir poquito a poco, con precisión, metódicamente.

La ecología es el discurso de lo que se ha retraído, y lo que se ha retraído es el conocimiento del movimiento circular, del cumplimiento de nuestra órbita, el íntimo sentir de la conjunción de la vida y la muerte en el gesto, un gesto cíclico que no nos pertenece y que conforma el universo. Lo que se ha retraído es el saber de la inmortalidad, de esa inmortalidad. Lo que se ha retraído no es, en definitiva, lo propio de cada cual a diferencia de los otros, sino aquello que por ser precisamente lo más común no puede ser comunicado. Estamos a punto de perder aquel último reducto. Por eso es necesario un logos que tenga acceso al reducto y la suficiente capacidad de expresión como para mostrarnos lo que ahí sigue palpitando. La tarea de aquel logos, de aquella escritura, es lograr reconstruir, en los signos, el puente que unía el universo natural —las marismas, las dunas, los pinares, las mareas, las estaciones— con el universo interior que también es marisma, es duna, es pinar, y cíclicamente muda sus paisajes al ritmo de las mareas y las estaciones.

Esa escritura, el logos de lo retraído, no podrá darse, no podrá seguir dándose, si desaparecen los territorios que nos invitan a la escucha, territorios donde el rocío sigue temblando en la hierba al amanecer, donde el viento descubre las raíces de los troncos, donde el agua es nutricia; lugares cuyo poder consiste en despertar en nosotros el recuerdo de lo que somos: una duna que avanza sepultando un pinar, un ave carroñera sobrevolando los prados, un nido de focha que flota en la marisma, el lucio que espejea bajo el sol y mengua día a día, el fango y la tierra cuarteada, un alcornoque que soporta el peso de docenas de nidos de cigüeñas, un lince que mide con su cuerpo la distancia entre la vida y la muerte y el ganso que recibe su impacto en el aire. Lo que fuimos. Lo que somos. Lo que olvidamos. Lugares que entre todos tenemos la obligación de proteger porque al hacerlo estamos defendiendo el propio fundamento de lo público.

Sólo quien se conoce a sí mismo puede gobernarse y sólo quien puede gobernarse a sí mismo puede gobernar una ciudad o un Estado. Lo político, en su sentido original, es lo que atañe a la polis, por tanto, lo que regula lo que atañe al hábitat. Nadie que no tenga conocimiento de lo retraído podrá defender la polis. El discurso político ha de ser —qué lejos estamos de ello— una oikología. Ha de generarse a partir de lo retraído. Con esta sabiduría del oikos, con esta ecosofía, y desde la conciencia doliente de la lamentable y grotesca degradación de lo público, nos corresponde evitar que pronto tengamos que recurrir a recuerdos color sepia y deprimentes muestras de ecología kitsch (naturaleza domesticada para visitas organizadas) para contarnos, en voz baja y con vergüenza, lo que fuimos. A todos nos corresponde, desde esta conciencia semi-apagada que aún nos queda, hablar en público desde lo más privado, desde el grito del ave que aún desgarra, a veces, nuestra garganta.


1 Ref. en Aristóteles; Probl., 17, 3, 916 a 33.

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