Disputando la calle. Feminismo en tierra hostil

Elo Vega

Para la lógica patriarcal nada que afecte a las mujeres tiene verdadera importancia. Excepto cuando pretenden sacudirse su papel secundario, de instrumento al servicio de la reproducción.
Imagen creadorxs invisibles

We will no longer be seen and not heard Barbara Kruger

El carácter multitudinario de las manifestaciones del 8 de marzo de 2018 cogió con el paso cambiado a no pocos “expertos”, desde dirigentes políticos a estrellas de la radio y de la tele, tertulianos y comentaristas, columnistas de prensa y comunicadores varios. Hasta tal punto que se verían obligados a mutar su habitual guión, cuajado de tópicos machistas y del que se habrían jactado hasta la víspera, por sinuosos circunloquios y condescendientes matizaciones acerca de la necesaria delimitación entre las histéricas proclamas de las exaltadas radicales y las sensatas y lógicamente aceptables aspiraciones representadas por un feminismo juicioso y de orden. Y no tardarían en ofrecerse personalmente a liderar este, para ellos, nuevo nicho de mercado. Las grandes manifestaciones que esa tarde y noche inundaron las calles eran la culminación de la primera huelga feminista convocada en España, que fue secundada masivamente, dando lugar a escenas ya inolvidables en ciudades como Bilbao, donde, ante el Ayuntamiento, un mar de mujeres entonó el legendario himno (puesto al día para la ocasión) de Chicho Sánchez Ferlosio, “A La huelga”. En Málaga se convocó a las huelguistas a las doce del mediodía en la plaza de la Constitución.

Rebautizada por la dictadura franquista con el nombre de plaza de José Antonio (fundador, héroe y mártir del fascismo patrio) recobró su denominación actual como homenaje a la Constitución Española de 1978, que se ve conmemorada además por un monumento a ras de suelo, normalmente invisible, debido a la invasión de diverso mobiliario de hostelería. Aquella (esta) constitución respondió en su día a los requisitos de reforma neoliberal del entonces agonizante sistema capitalista industrial y, naturalmente, no contaba entre sus preocupaciones prioritarias el reconocimiento de los derechos de las mujeres. En justa correspondencia, tan desinhibido alarde de cultura patriarcal sería rechazado con indignación por el movimiento feminista en bloque. No por casualidad el texto se debe, según la historia oficial, a un grupo de siete santos varones, los prohombres que la posteridad conoce como los Padres de la Constitución. Siete escogidos diputados de entre 673 parlamentarios. Además de ellos había, contando entre el Congreso y el Senado, 27 más, pero es que… eran mujeres.

El éxito de la convocatoria feminista en Málaga en la plaza de la Constitución superó todas las expectativas: alrededor de 3.000; en su mayoría, mujeres —según el normalmente cicatero conteo de la Subdelegación del Gobierno—. La concentración se transformó por fuerza en una marcha , ya que, cuando las huelguistas llegaron a la cita se encontraron con la gigantesca tribuna que la Agrupación de Cofradías instala anualmente con motivo de las procesiones de semana santa. Las fotos que recogen la manifestación muestran a la multitud encajonada entre los parasoles de la terraza de una céntrica cafetería y la mastodóntica estructura.

La tribuna alcanzó sus colosales dimensiones actuales en 2005, cuando la plaza entera sufrió un rediseño radical: la fuente de las Gitanillas, que ocupaba la parte central de la misma desde 1960, fue removida y sustituida por otra de menor tamaño, la fuente de Génova, procedente del paseo del Parque y que será instalada en la esquina suroeste de la plaza, dejando así disponible el espacio central de la misma para, por ejemplo, permitir la hipertrofia de la mentada tribuna. La actuación condujo a que se acuñase la expresión “urbanismo cofrade”, es decir, el sometimiento de los espacios públicos a la satisfacción de las demandas de las hermandades de semana santa. Otro ejemplo digno de mención en este aspecto es el de la plaza de Camas, cuyo proyecto original (2013) tendría que ser modificado para eliminar los inconvenientes que presentaba para el paso fluido de las procesiones.

Las cofradías son beneficiarias de la mayor parte de las subvenciones que el Ayuntamiento concede directamente en las áreas de Cultura, Derechos Sociales o Igualdad. El auge alcanzado por la semana santa como fenómeno turístico ha llegado a provocar la remodelación del recorrido de la llamada carrera oficial a fin de acallar las quejas de las asociaciones de comerciantes, pues las compras se ven gravemente afectadas por la celebración de las procesiones, que llegan a colapsar durante horas las calles del centro. La enorme concentración de público genera extraordinarias ganancias a la industria hostelera, cuya poderosa patronal reclama el incremento de recursos públicos con destino a la expansión de este espectáculo más allá de sus límites tradicionales. Así, la cantidad de procesiones que actualmente se celebran fuera de esas fechas (con motivo de la coronación de imágenes de vírgenes, de aniversarios, o de aniversarios de coronaciones…) es tal que, si bien se las denomina como “extraordinarias”, han llegado a convertirse en algo común y reiterativo en el paisaje cotidiano de cada fin de semana.

La cultura cofrade se potencia desde la infancia, organizándose desfiles de cristos y vírgenes en miniatura. Hasta existe un “parque infantil cofrade”, emplazado, muy apropiadamente, en la llamada plaza de las Cofradías. Y si niñas y niños son en los colegios animados a procesionar ataviados respectivamente de mantilla, penitente o hasta de legionario, entre políticos locales y celebrities de vario pelaje hay codazos por retratarse dando la salida a alguna procesión. Si puede ser, coincidiendo con el destacado miembro de las Reales Cofradías Fusionadas, el actor y empresario Antonio Banderas, cabeza visible además de la Fundación Lágrimas y Favores, amén de promotor de una Cátedra de Estudios Cofrades, por la que ha sido recompensado con un doctorado honoris causa por la Universidad de Málaga. Y hablando de galardones, el Excelentísimo Ayuntamiento —bajo el gobierno del Partido Popular— ha tenido a bien, desde el año 2003, otorgar 21 Medallas de la Ciudad a organizaciones e imágenes religiosas. Dos de ellas “personales” (es un decir): a Nuestra Señora de los Remedios, en 2007, y al Cristo de la Misericordia, en 2015.

Málaga se presenta en el mercado turístico como la Ciudad de los Museos. Hace gala de 40. En dura competencia, sin embargo, todavía son más las cofradías, que suman 41. Además, no pocos de esos “museos” han sido creados por las hermandades de semana santa en torno a sí mismas y gracias a las mencionadas ayudas municipales. En este contexto, ¿a quién podría sorprender la escena, el jueves santo de 2018, de cuatro ministros, cuatro —a saber, de Interior, Juan Ignacio Zoido; de Justicia, Rafael Catalá; Defensa, María Dolores de Cospedal; y hasta el de Cultura y Educación, Méndez de Vigo—, escoltados por curas y militares, en la la plaza de la Legión Española y frente al Cristo de la Buena Muerte, compitiendo a voz en grito a ver quien era más “novio de la muerte”? Cinco años antes, el 8 de marzo de 2013, otra procesión, también “extraordinaria”, e inesperada, recorría las calles céntricas de Málaga: la del Santo Chumino Rebelde, con la imagen policromada de una vagina de casi dos metros de altura. Al final se leyó un manifiesto contra la reforma de la ley del aborto, la violencia machista y la segregación sexual en los colegios. La ceremonia se repetiría en la misma ciudad el 20 de diciembre; replicándose en Sevilla el 10 de abril del año siguiente, cuando el sindicato CGT, en protesta por el despido de una trabajadora, convocó, en nombre de una anarcofradía —la “Hermandad del Sagrado Coño Insumiso a la Explotación y la Precariedad”— a una “Procesión del Santísimo Coño Insumiso” y “Santo Entierro de los Derechos Socio-Laborales”. El cortejo se pondrá en pie de nuevo un mes más tarde, el 1º de mayo, extendiéndose la experiencia a Madrid en 2015 con la Cofradía del Santo Coño de Todos los Orgasmos. La procesión primera, la celebrada en Málaga, hay que interpretarla dentro de las movilizaciones contra la reforma de la Ley del Aborto que impulsaba el por entonces ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón.

Las acciones llegaron hasta la casa de vacaciones de Gallardón en Nerja —domicilio habitual de su suegro, el contumaz político franquista José Utrera Molina—, cuyo muro perimetral fue objeto de pintadas reivindicadas por un grupo autodenominado María del Rosario y sus Ovarios. Cuando, gracias a la presión popular, el ministro presentó su dimisión, declamó una lista de sacrificios realizados y agravios padecidos a lo largo de su carrera; entre ellos, la violación de su privacidad, de un lugar tan íntimo como su chalet de veraneo. Las María del Rosario respondieron con ironía sobre la delicada condición de la intimidad de los ricos: Qué cosa tan sensible. No como la libertad y la dignidad de millones de mujeres a las que, sin conocer de nada, la Conferencia Episcopal y los más ultraconservadores hombres de Estado parecen considerar como de su propiedad. Su casa, vaya. De veraneo o no.

Para la lógica patriarcal nada que afecte a las mujeres tiene verdadera importancia. Excepto cuando pretenden sacudirse su papel secundario, de instrumento al servicio de la reproducción. Entonces sí que saltan las alarmas. Esto es lo que explica que todavía ahora, cinco años más tarde de la primera procesión vaginal, haya activistas en Málaga y Sevilla imputadas por las procesiones del coño insumiso. En 2014 la Asociación de Abogados cristianos presentó una querella contra la CGT por un “delito contra el sentimiento religioso en concurso con un delito de provocación a la discriminación, al odio y a la violencia por motivos referentes a la religión, o creencias”, llegando a añadir estas parodias festivas a otros “hitos históricos de la persecución al cristianismo”, como “los crímenes perpetrados contra religiosos en la República y la Guerra Civil” o, ya puestos, “las persecuciones romanas”. La extravagante causa será archivada en 2016, pero se reabriría al año siguiente, fijándose finalmente la fecha del juicio para octubre de 2019. Ahora ya personalmente contra tres mujeres, investigadas, según el auto, porque la procesión “constituye un escarnio al dogma de la santidad y virginidad de la Virgen María”. Por su parte, no hay fecha todavía para el juicio por la procesión de Málaga, de la cual hay una sola persona acusada, entre otras cosas, de, vestida de mantilla, “atacar las verdades inmutables de la fe católica” y “ridiculizar los dogmas”.

De acuerdo a este paradigma, que toma por real una representación, esto es, una ficción, que además, parodia a otra representación, es decir, que es una ficción construida sobre otra ficción, ¿cómo sería recibida una posible solicitud de ingreso del Chumino Rebelde en la Asociación de Cofradías?, ¿y la propuesta de tomar parte su procesión en la carrera oficial?, ¿y la petición, para estudiar el fenómeno, de una beca de la Cátedra de Estudios Cofrades?, ¿y la proclamación de La Casa Invisible como sede matriz y Casa de Sororidad? ¿y como museo de la cofradía? Tan larga como la historia de la humanidad es la tradición satírica como recurso crítico por parte de las expresiones culturales populares. Esta “grasia” nuestra —tan celebrada, jaleada y explotada por el Capital y por el Estado cuando les conviene—, el humor y la ironía son cauces a través de los cuales se hace público el antagonismo de los grupos históricamente subalternizados, que manifiestan así su desconfianza y su desacuerdo. La insumisión respecto a las mitologías del patriarcado se pone simbólicamente de manifiesto mediante la parodia del lenguaje y los rituales propios de las clases dominantes para hacer una declaración de soberanía sobre el propio cuerpo:

“Diosa te salve vagina, llena eres de gracia, el coño es contigo, bendita tú eres entre todas nuestras partes y bendito es el fruto de tu sexo, el clítoris. Santa vagina, madre de todos, ruega por nosotras liberadas, ahora y en la hora de nuestro orgasmo. Himen. Ni en el nombre del padre, ni del hijo, sino de nuestro santísimo coño”.

La mañana del 8 de marzo de 2018, al descubrir las huelguistas que la plaza se encontraba bloqueada por la presencia de la mole de la tribuna de la semana santa, decidieron ocuparla, apartando las vallas que impedían el paso a la construcción, cortando previamente las bridas y desatando las cuerdas que las sujetaban. Poco después serían desalojas por la policía, “por motivos de seguridad”, por su propio bien. ¡Ay, las mujeres! Y su eterna minoría de edad. Siempre necesitadas de tutela. También con prisas siempre, sin paciencia. Pretendiendo acortar camino como sea para acceder, sin estar preparadas para ello, a responsabilidades que no les corresponden y a las que no sabrían hacer frente. El desalojo de la tribuna ilustra nítidamente, como una alegoría, la mítica inmadurez con que la naturaleza femenina ha sido caracterizada históricamente por la literatura patriarcal. También la ocupación de esa estructura —sin que estuviese “todavía lista”— fue una elocuente metáfora de la empecinada resistencia de las mujeres a comprender que “aún no es el momento”; de su impaciencia infantil, de niñas que nunca llegan a crecer del todo. Es decir, a ser hombres. En algunas de las fotos tomadas esa mañana se ve, de fondo, en los escaparates el rostro seductor de una modelo —la imagen idealizada de una mujer como objeto visualmente consumible— que posa, en su perfección, con su profesional mirada de ser mirada, por encima del hombro desnudo, de reojo. En otras se distingue, en la tribuna, a una señora, con el pelo blanco, seria, en sujetador. Se acaba de quitar la camiseta morada, que hace girar por encima de la cabeza, como una bandera. Del cuello penden las gafas de ver de cerca —está mirando más lejos—, de vista cansada. Harta. Y digna, en las arrugas que dibujan su rostro. Ensimismada. Como si estuviera sola. Pero con la seguridad que proporciona la certeza de no estarlo en absoluto, sino arropada por una multitud que, como ella, pone el cuerpo —individual, personalmente, pero también colectiva y políticamente— en una situación de transgresión, simbólica pero a la vez corpórea, física, de los límites. A su alrededor, otras mujeres, muchas de ellas muy jóvenes, sonríen, gritan, cantan, silban, celebrando su gesto; y el hecho de estar juntas y cada una rompiendo la anodina secuencia que encadena la privatización del espacio a la mutilación de nuestras vidas, reducidas a consumo y espectáculo. En el aire, la exultante complicidad de verse y reconocerse en un lugar para acceder al cual han removido, con su deseo y con su convicción, y con sus propias manos, los obstáculos que les impedían pasar. Esas vallas que también aparecen en las fotos: desordenadas, inútiles, vencidas.

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